De toda la vida – La cariátide

Carlos es seguidor del Atlético de Madrid, aunque en su casa son más clásicos y prefieren el merengue. Le encanta el jamón patrio, la tortilla de patatas y el calimocho. Viste vaqueros con los bajos raídos y camisetas de AC/DC o Los Morancos. Siempre lo niega, pero también se engancha religiosamente a los festivales de Eurovisión. Tiene una hermana pequeña a la que cuida un tanto celosamente, y sus padres son de clase media madrileña que mantienen pese a la crisis. Carlos fue al 15M y gritó consignas, pero en general no se implica mucho en la política, aunque vota en las elecciones. En su DNI podría poner “español de toa la vida”, nacido en la capital.

Carlos es negro. Sí, negro. De piel oscura, de color, “africano”. Lleva su tez, de rasgos anchos y generosos, como si fuera una bandera, como su rasgo definitorio a los ojos de los demás. “¿Carlos, qué Carlos? El negro”.

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El eterno retorno – La cariátide

Se montaron en un barco, en un tren, en la parte de atrás de una camioneta desvencijada. Huían de la pobreza, de los restos de un país en férrea dictadura, del hambre, de trabajar y no ganar para vivir. Llegaron a un país extranjero, trabajaron en lo que otros no querían, enviaron dinero a casa, se partieron el lomo. No son subsaharianos, no cruzaron por Lampedusa camino a la tierra prometida. Sus nombres eran Maruja, Emilio, Cándido. Nuestros abuelos o bisabuelos. Ellos emigraron porque en España no tenían para vivir con dignidad.

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