Los ojos y la voz de la guerra

 

Estalla un conflicto. Siria, Mali, Egipto, Somalia, Irak, Vietnam, cualquiera. Unos pocos hombres y mujeres empacan sus cuadernos, cámaras, teléfonos móviles por satélite. Esquivan las bombas, contabilizan heridos, cuentan historias. Entonces aparece en internet, en Youtube, un vídeo tomado por un ciudadano de a pie. Pixelado, pero cercano. Sangre, lucha, cabezas cortadas. Aquí, en Occidente, el público se indigna. Entonces secuestran al periodista. Entonces meses de angustia, entonces liberación, entonces reproches por el dinero del rescate que habrá tenido que pagar el Gobierno. Entonces la pregunta: ¿por qué no usar a gente del país, el “periodismo ciudadano”? ¿Por qué no ahorrar costes y eliminar la figura del corresponsal?

La propagación de las redes sociales y la penetración del consumo de internet crece exponencialmente. Del cabo de Magallanes al último extremo de Siberia, cada vez hay menos lugares irreductibles para este avance. Así pues, cualquiera puede tomar un móvil con 3G o incluso 4G, grabar lo que está viviendo, escribir una descripción y publicarlo en Youtube o Facebook. Los medios utilizan esos vídeos, la gente se “informa” a través de esos vídeos. Blogs, post de Facebook, ‘likes’. El llamado periodismo ciudadano, ciudadanos que toman los medios e informan por su cuenta, fuera de la tiranía de los conglomerados mediáticos usuales.
Estos ciudadanos tornados en periodistas tienen sus defensores acérrimos. Entre otras cosas, están más cerca del conflicto, conocen el lugar y son parte, por lo que podrán llegar a informaciones quizá fuera del alcance de un corresponsal y mucho más del de un enviado especial. Además, pero eso lo dicen con la boca más pequeña, son más baratos y no hace falta pagar rescate si son secuestrados durante las escaramuzas.
Pero, por esa misma cercanía, tienen su lado peligroso. No son periodistas, y eso hay que tenerlo siempre presente. No son periodistas, no han estudiado qué fuente es representativa o cuál es la mejor manera de mantenerse alejado de la opinión. Ellos están cerca, viven el conflicto y son parte de él. Parte interesada. La información verdadera es la que ven desde su bando, y mostrarán los ataques que sufren, las vejaciones, las heridas. Pero no las del bando contrario, que también sufrirá ataques, vejaciones y heridas.
En sus vídeos, elaborados sin supervisión de alguien externo, pueden aparecer desde mentiras flagrantes, informaciones tergiversadas o simplemente hechos verdaderos que, al estar extraídos de su contexto, no son ciertos o no se comprenden bien.
El corresponsal de guerra está entrenado para ello. Desde su relativa “distancia” del conflicto, puede de mucha mejor manera hacer balance de la situación, de las facciones o del avance y retroceso de la guerra. Por su formación, sabe que es necesario el contexto y que no basta con registrar los hechos, sino que hay que entender lo que la rodea, los motivos y los porqués. El corresponsal, a diferencia del ciudadano aleatorio que toma imágenes, pregunta activamente, estudia la historia y el conflicto en su conjunto, intentando siempre ir más allá. Profesionaliza la información en tiempos de guerra, se dedica a eso, es su trabajo. El periodista ciudadano sólo está ahí, y no va más allá.
Es por eso que el corresponsal no debería nunca delegar sus funciones en esos ciudadanos anónimos. Sí colaborar, sí preguntar, sí informarse. Pero el artículo, el reportaje, la palabra, los ojos y la voz de la guerra, deben ser ellos.

 

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