De toda la vida – La cariátide

Carlos es seguidor del Atlético de Madrid, aunque en su casa son más clásicos y prefieren el merengue. Le encanta el jamón patrio, la tortilla de patatas y el calimocho. Viste vaqueros con los bajos raídos y camisetas de AC/DC o Los Morancos. Siempre lo niega, pero también se engancha religiosamente a los festivales de Eurovisión. Tiene una hermana pequeña a la que cuida un tanto celosamente, y sus padres son de clase media madrileña que mantienen pese a la crisis. Carlos fue al 15M y gritó consignas, pero en general no se implica mucho en la política, aunque vota en las elecciones. En su DNI podría poner “español de toa la vida”, nacido en la capital.

Carlos es negro. Sí, negro. De piel oscura, de color, “africano”. Lleva su tez, de rasgos anchos y generosos, como si fuera una bandera, como su rasgo definitorio a los ojos de los demás. “¿Carlos, qué Carlos? El negro”.

A los ojos de Mercedes, Candelaria y Rocío nunca será español. Su color de piel lo delata. Son simpáticas, incluso amables. De vez en cuando, en el rellano de la escalera, le preguntan por sus estudios, le ofrecen un caramelo para su hermana. Pero también le preguntan, como si olvidaran la respuesta, “¿y tu familia, de dónde es?”. Carlos responde siempre igual, nada ha cambiado: “De Madrid”.

No son las únicas. Invariablemente, cuando conoce a alguien nuevo se repite una y otra vez el: “¿de dónde eres?”. Últimamente el tono se ha vuelto más suspicaz. Algunos incluso no le creen cuando aclara su españolidad.

En alguna ocasión preguntó a sus padres que de dónde eran, y quedó decepcionado al oír que de Málaga. En Málaga se sentía tan español como siempre. Pero era negro. En el papel, en el sentimiento, en las costumbres y los sueños es español. Pero no le dejan.

Las miradas no le dejan, los susurros no le dejan, los perjuicios de lo que debería ser o no un español no le dejan. Da igual que cumpla todos los requisitos, le falta el más importante. El aspecto. Se puede ser moreno, pero no negro.

A veces viaja a Guinea Ecuatorial, de donde eran sus abuelos. Allí tiene tíos, primos, sobrinos segundos, amigos de amigos que son familia, vecinos que se pasan a la hora de comer. Todos le preguntan qué tal, que si tiene novia, que cuando se casa. Carlos tiene 20 años y está estudiando, dice que no piensa en eso todavía. Sus primos niegan compasivamente con la cabeza mientras limpian los mocos a sus hijos. “Eres tan europeo… en España no os casáis hasta los 30, ¿no?”.

Carlos no es de un sitio ni de otro. Lo que él sienta, lo que diga su DNI da igual. Y no es el único. Nora con su velo y sus discos de El Canto del Loco, o Faisal, ya condenado desde su nombre, aunque su padre sea blanco y de Pamplona. Españoles que nunca lo podrán ser a los ojos de los patrias, morenos o pálidos, pero de la raza correcta.

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