El eterno retorno – La cariátide

Se montaron en un barco, en un tren, en la parte de atrás de una camioneta desvencijada. Huían de la pobreza, de los restos de un país en férrea dictadura, del hambre, de trabajar y no ganar para vivir. Llegaron a un país extranjero, trabajaron en lo que otros no querían, enviaron dinero a casa, se partieron el lomo. No son subsaharianos, no cruzaron por Lampedusa camino a la tierra prometida. Sus nombres eran Maruja, Emilio, Cándido. Nuestros abuelos o bisabuelos. Ellos emigraron porque en España no tenían para vivir con dignidad.

Luego las tornas cambiaron; España creció, el PIB subió y se descorcharon champagnes. Se empezó a vivir bien, a trabajar mejor aquí que fuera, a abrir las fronteras. Pero también, a mirar con suspicacia al inmigrante. Ese nuevo inmigrante que venía: latino, rumano, chino, “moro” o africano. No gustaba. Se miraba por encima del hombro, como si hubiéramos olvidado que apenas cuarenta años atrás eran los jóvenes españoles los que tenían que ganarse la vida en otro país. Empezó a florecer la inquietud, por aquí y por allá. Pequeños brotes de “nos roban nuestro trabajo”, “traen inseguridad”, “se quedan con nuestra sanidad”, “en realidad sólo vaguean” que luego crecieron para convertirse, en algunos casos radicales, en violencia verbal e incluso física.

La historia, siempre cambiante, no acaba aquí. Ha llegado la crisis, el paro crece, la pobreza ronda a la clase media, desahucios y comedores sociales, trabajos que no dan para pagar el alquiler y subvenciones cada vez más escuetas. Nuestros hijos ven el futuro muy negro mientras repasan su nivel de inglés (o incluso alemán) y alistan el pasaporte. Las ministras animan a buscar trabajo en la Unión Europea, y cierran puertas a la vuelta de esos expatriados retirándoles la sanidad pública española.

Si estos jóvenes tienen bisabuelos, no les vendrían mal algunos consejos. Van a tener que montar en un barco, un tren, un avión; para huir de la pobreza, del desempleo, de la falta de oportunidades.

Como diría Nietzsche, es un eterno retorno. Va y viene, como las olas de los inmigrantes, como las divisas extranjeras, como las gráficas económicas. A veces nos toca en la parte superior de la noria, hasta que el azar nos vuelve a colocar cabeza abajo. A veces recibimos inmigrantes, otras repartimos emigrantes.

Esta ruleta de la suerte nos permite examinar cómo somos, cómo nos hemos comportado y cómo deberíamos habernos comportado con los inmigrantes. Que en un momento fueron otros, pero que antes y ahora somos nosotros. Existe un dicho infantil de patio del colegio: “No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”. Pura y mera decencia, si no se es demasiado altruista.

Ponerse en el lugar del otro, en sus zapatos. Habrá que pensarlo cuando nuestros jóvenes hagan las maletas y emigren, pero sobre todo habrá que hacerlo cuando la economía nos vuelva a sonreír y sean otros los que lleguen a nuestro país, en busca de un futuro mejor.

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