Tripas, entrañas, reaños

 

Para el profano, a veces el flamenco parece estar circunscrito al sur de España. Andalucía y poco más. Sin embargo, esta es una crónica sobre un espectáculo cultural en Pamplona, ciudad norteña como ella misma. Flamenco afincado en el norte español.

En invierno, en Pamplona se encuentran el frío y el fuego. Las calles de lo viejo relucen mojadas por la lluvia intermitente del mes de enero, pero en un semisótano, en los primeros números de una calle cuyo nombre recuerda a la tabaquera andaluza, tras una puerta de juncos de metal y olor a incienso, hay un trocito del sur más cálido e más intenso. Flamenco.

Juncal Sola, pamplonesa, tiene cincuenta años y empezó tarde con este tipo de baile, a los treinta. Pero se la nota feliz poco antes de comenzar el espectáculo. “El flamenco es muy pasional”, afirma, “capaz de expresar todos los sentimientos, desde la alegría al canto desgarrador”.

El Juncal

En su local “El Juncal” se recrea todos los sábados un ambiente rescatado del sur, con paredes encaladas en blanco, una fuentecita y mesas de hierro y baldosines. Pero la estrella de ese espacio es la tarima de madera que reina en el fondo del semisótano. El tablao.

No es un tablao sagrado. En la espera a que comience el espectáculo, la gente sube, “zapatea” como si supiera flamenco, animados por la música que suena mientras el público va llegando. En la tiquete de la entrada se dice que comienza a las diez, pero, como en el sur, es meramente orientativo y la danza empieza casi una hora más tarde.

Sobre el escenario, Miguel Ángel Díaz, el cantaor. De un pequeño pueblo de Málaga y esposo de Juncal. Presenta con orgullo el espacio que ambos han creado, casi pioneros, en Navarra: “Éste es un sitio con mucha solera, que desde Madrid párriba cuesta encontrar, o no existe”.

Para él, estos espectáculos de flamenco son un “diamante en bruto” que hay que ir puliendo. Sin embargo, lo importante, insiste, son “las tripas, las entrañas, los reaños” que tienen que tener los que hacen flamenco. Y ellos, los de El Juncal, Díaz asegura que lo tienen.

El artista, cantaor

La gente en sus asientos, todas las sillas dirigidas al tablao donde se van hilvanando los distintos cantes, desde el conocido “Como el agua” de Camarón hasta “La canastera”, pasando por “Alegrías de Cádiz”. Cantante y guitarrista cierran los ojos, entregándose a la música, las palmas blandas resuenan fuerte en la habitación. Pero se percibe que los cantes a solas de Díaz son sólo el calentamiento. “Se parten las manos a su paso, por favor”, pide.

Entra Juncal.

Lenta, majestuosa, cada paso con cuidado, con intensidad, deslizándose, pero con fuerza. Los movimientos son seguros, con la arrogancia que tendría Carmen en Sevilla, o las actrices que recrean la guerra de guerrillas española contra los franceses. Sube al escenario. El público se parte las palmas.

Sobre la tarima, Juncal sostiene 50 años que sólo se notan en las arrugas del fruncido de labios y ceño, porque cimbrea sobre el escenario un cuerpo de una veinteañera, con pasión, envuelta en negro y blanco. Al ritmo de la música, la velocidad de los tacones es casi increíble, con cadencia.

Incluso para los que no saben nada de flamenco, el espectáculo es intenso. Los tacones sobre la madera del tablao y el incesante y cada vez más rápido rasgueo de la guitarra hacen vibrar la caja torácica. Los pies y las manos de la bailaora hipnotizan con su velocidad y sus giros, que olvidan la suave gracilidad de otros bailes como el ballet para imprimir fuerza en unos requiebros cada vez más vertiginosos de brazos, de manos, de muñecas, hacia arriba, hacia el cielo. La gente grita “olé” y palmotea a des-ritmo sobre la mesa. De golpe, Juncal concluye su baile, quieta, el pecho arriba y abajo, los brazos inmóviles como congelados en mitad de un movimiento y la cabeza alta, enhiesta. El público se parte las palmas.

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La piel del cantaor y la bailarina se ha vuelto roja por el esfuerzo; tras un cante, gitano y flamenca quedan agotados.

Entre baile y baile Díaz toma el micrófono para charlar con el público y contar algún chiste, para así airear la voz y como dice, quitar los sudores. “Inciso, aquí dentro se puede fumar. Si la policía dice algo, es mi cumpleaños”. El público respira hondo, aprovecha para dar un sorbo a su copa y se relaja el ambiente.

No es una noche de concierto, el tiempo libre entre cante y cante es mayor que el espectáculo en sí. Una treintena de personas, muchos clientes habituales, hacen la noche en el local. La idea es descansar entre baile y baile, sentados alrededor de las escasas mesas. Son mesitas pequeñas y menos que el número grupos, lo que obliga a que la gente se mezcle, aunque sea para coger la tapa de jamón, chorizo o queso (que no pincho) que incluye la entrada. Durante la noche charlan los amigos del grupo o hacen uno nuevo, se toman una copa de vino o cerveza (la fanta, aunque opcional, no “pega” mucho con el espectáculo) y se distienden, para dejarse llevar otra vez, cuando los artistas vuelvan al escenario, y vibrar de nuevo por el ritmo y el volumen. Dejar que el sonido y la intensidad con la que Juncal baila los lleve, e intentar acercarse un poco al ambiente del sur en medio de Pamplona, un rincón caliente en medio de la persistente llovizna de enero.

En el segundo pase llega Miguel Jiménez a la caja. Un sonido distinto, más sordo, más a madera, sale de la cajón de resonancia. Ya son tres: los rizos rubios del cantaor, el moreno Rafael Borja con la incesante guitarra y el delgadísimo Jiménez palmeando la caja. Pero los tres hombres sobre el escenario tienen algo en común, que hacen mientras cantan, rasguean o llevan el ritmo: tocan con los pies al compás de la música.

“Ay mi canastera, ay mi canastera”

“Si me casara algún día, ha de ser mi compañera por los cuatro costaos, ay canastera, ay canastera”, canta Díaz. Su mujer, Juncal, baila en ese momento sobre el escenario, imprimiendo sus tacones con fuerza. Ella no lo mira, pero su marido sonríe y no aparta los ojos de ella. Los tres hombres siguen como hipnotizados el ritmo que ella marca con sus zapateos. ¿O es ella quien sigue el ritmo que marcan los hombres? Sobre el escenario da igual, la presencia de la bailaora, sus giros y volantes apagan todo lo demás. Sube la fiereza y el ritmo, vertiginoso. Casi en mitad de un acorde, zapatazo, conclusión.

Entre los olés, al público se le escapa algún “aúpa”.

En el último cante, todos son primos de Díaz. Los presenta. Sube al escenario su primo a las palmas, su primo Rafael Borja en la guitarra, una prima, de mote “La lagartija”, suena en la caja, “y la más prima de todos”, su mujer, bailaora, vestida de negro y carne. Parecen una familia.

La lagartija se merece el nombre. Miembros muy delgados que mueve casi con violencia, pero su cara respingona y su gesto mohíno que le quita lo serio hace que el público aplauda su actuación, más divertida, descargada de la seria intensidad con la que baila Juncal.

Ya casi al final de la noche, la una de la madrugada, los hombres se crecen y prueban a zapatear y cruzar las muñecas. El público ríe, distendido. Felicita a los bailaores, sonríe mucho, pide más bebida. Es tarde, pero es sábado. La fiesta seguirá alguna hora más.

Cada semana El Juncal ofrece este espectáculo de flamenco, tratando a su manera de recrear un oasis de sur entre pintxos y patxarán norteño. Pocos lo sospechan cuando pasan sin querer delante de esa puerta de juncos de metal que resguarda el sur más cálido e intenso.

“Ay mi canastera, ay mi canastera”.

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