Agua

-¿De qué color es el agua?

La joven profesora observó a la clase que, como venía siendo costumbre, la miraba con ojos hambrientos. Sentaditos en las esterillas sobre el suelo apisonado, con un pequeño cuaderno pulcramente señalado con el nombre de cada uno y las manitas cruzadas sobre las rodillas. Allá lejos, en su país (le parecían miles de kilómetros) Cristina no era profesora, por lo que no tenía referencias, pero le costaba imaginar que los niños de su país fueran tan cuidadosos con el material escolar. Ni una esquina doblada, ni una hoja arrancada, ni siquiera para hacer un avión de papel. Se pasó la mano por la nuca, levantándose la coleta, en un vano intento de refrescarse. No corría brisa, las escuálidas hojas de los ficus permanecían inmóviles.

-El agua es negra, profesora.

Nbné. Cristina esperaba “azul” o “verde” como respuesta, para así poder explicar a aquellos niños que el agua es transparente, pero que parece azul por el reflejo. Quizá hablar un poco del ciclo del agua, quizá algo de biología.

-¿Negra? –repitió.

Nbné asintió con la cabeza, y los prietos rizos le golpearon la nariz.

-Sí, profesora, así la he visto yo – hizo una pausa, pero al ver que la profesora parecía no comprender, continuó como si no fuera la alumna sino la maestra. – Mi pueblo y yo vivíamos lejos de aquí. Había un río a una hora de camino. El sol era suave y, según decía mi mamá, el río era viejo, siempre había estado ahí, incluso en la estación del calor, aunque adelgazara. Todo los días caminábamos hasta el río dos veces. Estaba muy cerca, éramos afortunados. Un día, como siempre, fuimos al río. Estaba enfermo. Su agua era negra, brillaba y tenía un tacto como el del aceite que deja el sésamo cuando mi madre lo machacaba. Olía. Mi madre no quiso que me acercara, pero otros niños sí bebieron. Dijeron que le quemaba la garganta. Decidimos esperar al día siguiente. Pero estaba igual. Los niños que habían bebido murieron. Los demás teníamos sed, mucha sed. Oí a los padres hablar de la enfermedad del río. Oí una palabra que entonces no comprendí, pero que ahora sí. Petróleo. Eso enfermó nuestro río y nos obligó a viajar. El agua es negra desde entonces, y no ha cambiado.

Cristina tragó saliva. Nbné se sentó y la miró con los ojos enormes engarzados en sus pómulos. Tenía los labios muy oscuros, como si fuera ella la que hubiera bebido el petróleo. Una gota de sudor le bajó por el cuello, pero Cristina casi agradeció tener una excusa para moverse y apartar la mirada de la pequeñísima Nbné.

No tenía un plan educativo, ella en realidad estaba ahí de vacaciones solidarias. No era profesora, ni médico. Le habían dicho “estate con ellos, aléjalos del trabajo infantil, háblales” “¿No les enseño nada?” “Sí, claro, algo. Pero eso no es tan importante. Simplemente háblales, que te conozcan y conócelos tú a ellos”. Estaba perdida.

Otro niño levantó la mano.

-El agua también es amarilla, profesora.

Mi familia era grande. Tenía hermanos pequeños y grandes, muchos. Casi no me cabían los dedos para contar. Los que no éramos ni muy grandes ni muy pequeños íbamos todos los días al caño donde llenábamos las botellas de plástico que luego acarreábamos encima de la cabeza. Un día, hace muchas semanas, el agua olía. Raro. Amarilla. Vimos que todos la cogían igual y se la llevaban. Nosotros hicimos lo mismo. La llevamos a casa. Madre cocinó y padre hizo té. Lavamos los platos, nos bañamos. Madre cocinó y padre hizo té. Lavamos los platos, nos bañamos. Al tercer día cinco de mis hermanos pequeños no se levantaron de la cama. Estaban pálidos y temblorosos. Vomitaron todo el día. Los ojos y la piel se les pusieron amarillos. Cuanta más agua bebían, para no “deshidratarse” –titubeó en esa palabra- por los vómitos, más fuerte era el amarillo. Amarillo. Más hermanos enfermaron. Mi padre pidió doctor. Estaba ocupado, en el barrio estaban muriendo niños. Dijo que era por el agua amarilla. Siete de mis hermanos murieron. Sirhan, Konata, Diara, Mamadou, Essien, Kwame, Bintou.

Calló.

-También es roja.

El resto de los niños lo miraban, todavía con el cuaderno pulcramente colocado en el regazo. Enam, que había hablado, alzó con dureza la frente y continuó. Él era de los mayores de la clase.

-Mi pueblo era pequeño. Unos cincuenta. Pocas familias, nos conocíamos todos. Los niños nos criábamos juntos de la mañana a la noche, las madres recolectaban y los hombre iban lejos, a buscar caza. Algunos vendían presas a los extranjeros, otros no. Yo era feliz. Una noche nos despertaron unos gritos. Todo estaba oscuro, sólo veía unas luces que se movían como diablos. Gritos. Gritos. De niños, de hombres, de mujeres, de bebés. De diablos. Comprendí, sin saber cómo, que estábamos siendo atacados. Mi madre me agarró de la mano y corrió, corrió fuera del pueblo. Yo la seguía a trompicones. Oí pasos detrás de nosotros, amanecía, llegábamos al río. Me di la vuelta, tirando de mi madre. Estaba seguro de que era padre. No lo era. Secamente, mi madre calló al agua. Él me miró. La luz del amanecer iluminaba su rostro. Sonrió, le brillaban los dientes, y se dio la vuelta. Me quedé quieto como una gacela cuando el león la mira a los ojos y sabe que no hay nada que hacer hasta que desapareció. Entonces miré a madre. Ella estaba inmóvil, el agua del río era espesa y roja.

A Cristina le temblaban las manos. El calor era asfixiante, el aire era espeso. Los chicos la miraban, con los ojos secos. No había agua que llorar.

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