¿La inteligencia nos hace más malvados?

En el principio, cuando estás creciendo y lees cuentos e historias (que son el espejo, a esa edad, de lo que puede ser la realidad, más allá de dragones y princesas), hay dos tipos de “malvados”. En primer lugar, están los villanos llamémoslos “estúpidos”, que dan más risa que miedo, que provocan hilaridad con sus tretas infructuosas y suelen resultar bastante escaldados tras su fracaso.

La inteligencia no era necesaria, claramente.

La inteligencia no era necesaria, claramente.

En contraposición, están los malvados sumamente inteligentes, capaces y, por supuesto, terroríficos. Estos villanos suelen ser ricos, poderosos, y tienen un maravilloso gato de pelo lustroso al que acariciar.

Con esas características, a la mayoría de los niños este tipo de malvados o le aterran o le dan envidia. Una envidia que proviene de ese poder que parece dar la maldad, aunque luego el héroe, más con tesón y buen corazón que con inteligencia superior, consiga vencer al villano. Ése es el pequeño salvavidas que hace que, si los niños sólo se fijaran en los cuentos, acaben decantándose por la bondad de corazón en lugar de por el frío egoísmo.
Gatico bonito...

Gatico bonito…

Sin embargo, esa idea del “malvado sumamente inteligente” nos persigue en la adolescencia e incluso en la adultez, aunque sea agazapada en el subconsciente. El bueno es dulce y tierno, amable y sonriente, pero no suele tener una inteligencia poderosa (por supuesto, estoy exagerando, hay excepciones para todos los casos, incluso en los cuentos mismo, como el personaje arquetípico del viejo rey bueno, bondadoso y de gran sabiduría). Además, vemos a los inteligentes y capaces triunfar y obtener muchas de sus metas, y en ocasiones la envidia humana hace pensar que esos logros –que nosotros en principio no hemos conseguido– son fruto de “juego sucio”.
Así, en ocasiones se acusa a la inteligencia de hacernos más malvados. Sin embargo, en mi opinión, la inteligencia no nos hace más malvados, sino que los actos de maldad son más “efectivos”, más acertados y suelen dar mayores frutos que los actos de maldad faltos de inteligencia. La inteligencia también da más oportunidades de ser malvado, pues se ven, con mayor facilidad, los fallos del sistema y los posibles beneficios que uno puede obtener con esas acciones “malvadas” o pícaras (término que muchos asocian a este tipo de inteligencia, quitándole un poco de pura maldad). La maldad de uno está dentro de su condición, crece dependiendo de su carácter y da igual si se es inteligente o no, la maldad está ahí, sólo que el inteligente tiene más posibilidades de actuar de forma vil y conseguir sus objetivos.
Pero, por eso mismo, la inteligencia nos hace más conscientes de nuestra maldad y, cuando “a pesar de nuestra inteligencia”, de nuestra capacidad de aprovechar a nuestro favor lo que nos viene al encuentro, pasando para ello por encima de los derechos de los demás, actuamos correctamente, somos bondadosos, esa bondad de actuación (que no de corazón) es más “real” que cuando simplemente ni siquiera se captan esas otras opciones. Es como un niño jugando en la playa. Es feliz, pero no es consciente de esa misma felicidad, mientras que el adulto, sabedor de todos los problemas que puede dar la vida y que seguramente tiene, es feliz. Es una felicidad más consciente, al igual que una bondad con inteligencia es una bondad más deliberada.
No quiere esto decir que la bondad, para ser “auténtica” necesite que se vea la otra opción, el camino “malo” por así decirlo. La bondad, haya inteligencia o no, es más original si ni siquiera se admite en nuestra mente la posibilidad de actuar a desmérito de otros.
Pero, lo que desde luego no es cierto es que la inteligencia nos haga más malvados. Ya lo somos.
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